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martes, 28 de agosto de 2007

CIAO, VENECIA


“Federico Fellini, junto a su esposa Julieta Masina, atraviesa, en góndola, el Gran Canal de Venecia. Año, 1955”. Cita la leyenda. La foto, de grandes proporciones, se encuentra al final del libro de TASCHEN que aborda la obra del genio de Rimini. Siempre, durante el insomnio, ojeaba este libro. La piratería ucevista me permitió disfrutar del referente fílmico. El año pasado vi “La Strada”, “Il vitelloni”, “Il bidone”, “La dolce vita” y "8 ½", entre otras películas.
Fue a mediados de marzo cuando, sin que Bea lo supiese, decidí incluir Venecia en el itinerario. Hallé, rápidamente, el hotel del Lido y planifiqué, sin contratiempos, las salidas interdiarias a Verona y a Padua. El viaje, poco a poco, fue tomando forma.
Dos o tres semanas antes del matrimonio eclesiástico, perdido entre la ansiedad y el ocio, volví al libro de Fellini. No busqué el índice, no busqué referencias o datos eruditos sobre sus años de guionista. Fui, directamente, al final del texto, a la foto. Allí la encontré. Es la fotografía que centra este ‘breve’ comentario. Vi, entonces, el rostro de Julieta Masina: plena, ‘amante’; aprecié también la tranquilidad del cineasta, e, inmediatamente, busqué en Internet alternativas para concertar pasajes en góndola durante los días que estaríamos en la Serenissima. Fue fácil. No tardé más de diez minutos en seleccionar una de tantas ofertas.
El domingo 26 de agosto, a las cinco de la tarde, en compañía de dos viejos músicos, tomamos una góndola en el Gran Canal de Venecia. Era nuestro último día en la ciudad. Pedí temas de Niccola di Bari que los ‘viejitos’ no conocían (Egan, perdona los diminutivos pero estos señores los ameritan). La música llamó la atención de muchos hindúes y japoneses que cruzaban algunos puentes. Cualquier descripción de este momento obligaría citar, necesariamente, adjetivos que, por cuestiones estéticas, suelo evitar. Vale decir, sin embargo, que fue en un momento sustantivo.
Los músicos, en algún momento, bordeando el Palacio Ducal, tocaron una pieza instrumental. Por instantes, ejerciendo mi derecho a la abstracción romántica, recordé la foto de Fellini y, en osado paralelismo, consideré algunos proyectos -personales y comunes, que pretendo realizar en Madrid.
Síntesis del ensueño: 1955, faltaban 5 años para que Federico realizase “La Dolce Vita”, siete para concebir la monstruosa genialidad de "8 ½". Con detalles macro y sin pixelados recordé la foto del libro de TASCHEN. Julieta Masina, claramente, está feliz. No piensa en la cándida Gelsomina de "La Strada", no piensa en el personaje de Cabiria que, probablemente, el cineasta, en íntimo testimonio, le comentó como posible interpretación a realizar en un par de años. Ella, simplemente, está allí. Fellini, por otro lado, parece distraído, sabe que algo le falta, sabe que aún no ha logrado lo que quiere. El éxito de "La Strada" e "Il Vitelloni" no le satisface. Aspira otra cosa. Entre la nada, busca. Mientras la góndola avanza parece atisbar, como alter ego posible, la figura de ese joven actor llamado Marcelo Mastroiani. Mil pensamientos lo agotan.
Bruscamente, bajo el sol estival y el repique del agua, examiné los proyectos literarios que pretendo llevar a cabo en España. Aspirar el impacto cultural de "La Dolce Vita" sería demasiado, sin embargo, la foto del insomnio parecía brindar estímulos inmensos que, a ritmo de bandoneón, y con la interpretación italianizada de Bésame Mucho, hacían que todo pareciera posible.
Federico Fellini y Julieta Masina han sido, quizás, una de las parejas más sólidas y emblemáticas de la historia del cine universal. Ciao, Venecia… Ciao ,Venecia… Ciao, Venecia… Ciao. Cantaba el gondolero en amable simpatía con los viejos músicos. La barca se detuvo en la estación San Zacarías.

Aquella noche vimos, a mar abierto, la rivera del Adriático. Caminamos el Lido hasta el legendario hotel Excelsior. Gustav Von Aschenbach, protagonista de La muerte en Venecia, fue el siguiente referente en usurpar mis emociones (Con el permiso de Lucchino Visconti). Nuevamente, di otra mirada a los proyectos (al asno, al astillero, a los desarraigados, al régimen de tutelaje y la mujer sin atributos). Recordé la foto de Fellini y, afectivamente, consideré un nuevo plagio. Hay algo que Federico, a pesar de mostrarse disperso, calla. Hay algo que, a primera vista, el director no dice. Es verdad, está pensando en otra cosa. Está imaginando, probablemente, a Anita Ekberg desnudándose en la Fontana de Trevi. Imagina –puede ser, una escultura de Cristo atravesar los cielos del Lacio. Sin embargo, todo buen observador notará que, en su desdén, el maestro comenta, sin escándalo: “Nada de lo que aspiro podría realizarlo sin Julieta Masina”… Creo que yo tampoco.
Próximo destino: MILAN.

VERONA


Eduardo: ¡Engañoso, engañoso. Harto engañoso!
Bea: El edificio es bonito. Algo, de verdad, tuvo que haber pasado en esta casa.
Eduardo: Franco Zeffirelli es el responsable. Rodó, en 1968, Romeo y Julieta y, probablemente, usó esta locación. Desde entonces la gente de Verona estafa a los turistas diciéndoles que esta es la casa de los Capuletto.
Bea: El balcón es precioso.
Eduardo: Es verdad. Anda a hacer la cola para tomarte una foto en el balcón de Julieta.
Bea: No pretendo hacer esa cola.
(Finalmente, luego de recorrer los cuatro pisos del rincón shakesperiano, Bea hizo su cola detrás de siete japonesas, una hindú y una alemana. La foto, aunque distante, pueden apreciarla, al inicio del texto)
De Verona impacta, sobre todo, la antigua Arena. El edificio data del siglo I. Compramos la Verona Card, un valioso documento que incluye entradas a los lugares más representativos de la ciudad. La Arena, por desgracia, se preparaba para un evento nocturno. Un Joaquín Riviera del véneto colocó gigantes y coloridas rosas artificiales sobre el foro.
La presencia de Roma –la antigua, sin embargo, deja huella. Caminamos cerca del palco principal donde, probablemente, los emperadores y personajes de poder se sentaban a degustar entretenidas matanzas de cristianos. Por momentos, y sin clemencia, lancé –de memoria, a varios políticos venezolanos al ruedo. Gladiadores y fieras del África los masticaron con alevosía. Logré, ante tal espectáculo, visualizarme entre el pueblo más llano, saltando y lanzando ‘vivas’. La escena ofrecía tapices fascinantes de destrucción pero, intempestivamente, Bea me pidió, por favor, que le tomara una foto y mi amable sueño desapareció. Salimos de la Arena y decidimos caminar al norte. Siguiendo las indicaciones de un folleto, anexo a la Verona Card, tomamos la vía que nos llevaba a la supuesta casa de Julieta Capuletto.
Verona nos saturó de iglesias: Santa Anastasia, San Pedro y San Pablo, San Lorenzo, San Fermo. Al final de la tarde confundíamos los estilos; gótico y románico pasaron a ser lo mismo. Madonnas y niños, clonados, infectaron nuestro imaginario de resplandor bizantino. Volvimos a Venecia de noche. Ambos, creo, dormimos en el vaporetto.

sábado, 25 de agosto de 2007

Galería de la Academia

Vittore Carpaccio, gran descubrimiento. La Galería de la Academia de Venecia es un edificio que se está cayendo. La fachada está cubierta por un anuncio publicitario de Dolce & Gabbana. Las paredes están fracturadas, el suelo tiembla. Bea temía que la galería se viniese abajo con nosotros dentro. Impactos fulminantes: La Piedad de Tiziano, espectacular. El rapto del cuerpo de San Marcos del Tintoretto es otra de las piezas fundamentales del edificio. Apreciamos nuestro primer Tiépolo. Nunca me gustó Tiépolo, me parece un artista barroco más. Para nuestra desgracia sensorial, las salas que tenían trabajos de Giorgione y Canaletto estaban cerradas por mantenimiento. El hallazgo, que a ambos nos sedujo, fue Vittore Carpaccio. Su serie de Santa Úrsula, a pesar de hallarse en una sala que parece desmoronarse, es espectacular.
Al salir caminamos el Dhorsoduro, nos perdimos buscando el canal. Recorrimos callejuelas y comimos alguna pasta que ya olvidé. En el Castello, la zona más residencial de Venecia, encontramos una taberna véneta, llena de ‘chuletas’ y viejitas italianas, donde tomamos nuestra primera cerveza.
Y mañana…. A Verona.

Impresiones de Bea


No pretendo competir con las impresiones “intelectuales” de Eduardo. Mis reseñas serán más humildes, más “impresiones”. La llegada a Venecia fue terrible. Creo que si hubiésemos viajado a Japón, el viaje se nos habría hecho más ligero. La espera en los aeropuertos fue terrible, saber que las maletas no llegarían era la más miserable convicción. Preferí dormir ante un escenario tan desolador.
De la llegada al aeropuerto de Venecia sólo recuerdo estar parada frente a la correa de las maletas (que imitaba una ruleta de casino) y junto a 20 personas más ver pasar constantemente las mismas dos maletas, que no eran de ninguno de nosotros, mientras esperábamos que nuestro equipaje, cual bolita de ruleta, cayera en cualquier número, no importaban si era rojo, negro o el doble cero. Recuerdo a Eduardo decirme: “Vamos a hacer la cola de reclamos… las maletas no llegaron”. Y yo de pie, frente a la ruleta-correa esperando.
Hicimos el reclamo. La señora nos dijo que no nos preocupáramos, que Roma siempre hacía lo mismo, que de seguro nuestras maletas llegarían en el primer vuelo procedente de Roma. No le creí. Agradecí haber aprendido de mi viaje a Londres y tener en mi maleta ropa para tres días, sólo lamenté no tener mi desodorante…
Fue bonito el viaje en el vapporeto, a pesar del cansancio lo recuerdo como algo inmenso. Cuando llegamos a Lido sólo quería encontrar el hotel y acostarme a dormir. Llegamos como a las tres de la mañana. Prácticamente un día entero en aeropuertos, lugares de transición, espacios que no pertenecen a nada ni a nadie.

Bares y caminatas


Algunos bares se ven interesantes. Las cervezas, en tarros gigantes, llaman la atención. La multitud errante, sin embargo, ha hecho imposible el que podamos instalarnos en una taberna. Como hormigas, los enjambres de gentes, corroen Venecia. El avance de razas –arios, africanos, árabes, latinos y nipones, parece una batalla campal, modificada por computadora, como las que Peter Jackson mostró en su adaptación de Tolkien.
Por suerte, hemos comido bien. El vino de la casa ha sido una elección económica y placentera. He centrado mi afición en los spaguettis marinos, carpaccios, bruschettas y pizzas. Bea ha sentido debilidad por las gelaterías. Ayer me insultó ya que paramos en una heladería artesanal y ella pidió una serie de sabores imposibles con nombres impronunciables. Yo, siendo consecuente con mi clasicismo, pedí mantecado con chocolate. Eso la ofendió. Volvimos a caminar el Canareggio (No sé si se escribe así, la guía está lejos) Espero, pronto, tomar mi primera cerveza italiana.
Hoy, como nunca antes desde que, ante Dios, saldamos el asunto del matrimonio, dormimos. Corrimos a diez para la diez al comedor del hotel para no perder el desayuno, incluido en la tarifa, y volvimos a caer fulminados. Esta tarde visitaremos la Galería de la Academia de Venecia. También para este lugar tengo entradas. Las colas de japoneses insultan cualquier tentativa de espera. Nuevamente, Tiziano, Tintoretto, el Veronés, Giorgione y compañía vendrán a escupirnos a la cara, a hacernos sentir inmensos y, al mismo tiempo, miserables. Seguiremos, cuando se pueda, con más COMIDA CHINA.

PADUA


Hermosa Padua, apacible. Verdaderamente serena. El tren, moderno y cómodo, nos llevó a esta ciudad en cuarenta y cinco minutos. Bea, por supuesto, durmió el trayecto desde el Lido hasta la estación de Santa Lucía y, posteriormente, el viaje en tren. Padua es la ciudad de Giotto di Bondone. Pudimos ver en fotos que, para marzo de 1944, este lugar fue barrido por la guerra. La mayoría de los frescos de Andrea Mantegna que decoraban las paredes de la Iglesia del Eremita desaparecieron. Actualmente, se hacen valiosos trabajos de restauración y recuperación de los mosaicos. Esta fue la primera iglesia a la que entramos. Inmensa, tranquila, sin japoneses. Los retazos de Mantegna, aparecidos en capillas laterales, narraban episodios fragmentarios, interrumpidos por la guerra, y contados con el toque particular del cuatroccento. Una de las iglesias más fascinantes que hemos tenido la oportunidad de visitar.
Caminamos un poco y, bajo un cielo turbio, sin sol, entramos a la capilla del Scrovegni: La plaza de Giotto ¡Qué grande, Giotto! Asistimos, creo, a los frescos más hermosos sobre los que el ojo humano ha tenido noticia. En los últimos años he enseñado en el aula los recursos de este artista a partir del fresco Lamento sobre Cristo. La capilla se desvanece, los restauradores hacen esfuerzos increíbles por sostener en pie a esta sala construida hace más de siete siglos. El Lamento sobre Cristo forma parte de una cadena narrativa, continua, de episodios de la vida de Jesús. Frente a él, con las mismas proporciones, aparece El beso de Judas y, al lado de este, la fascinante Matanza de los inocentes. Una sala sin referentes, única. Nos gustó mucho el conjunto arquitectónico y pictórico del museo del Scrovegni. De tener que volver a dar clases sobre esto, lo haría de otra manera.
Padua es pequeña, humilde y legendaria. Giotto, con su originalidad peculiar, volvió a degradarnos con una de las cosas más brillantes que hemos podido ver en esta odisea: la cúpula del baptisterio en el Duomo di Padova. Giotto abusó, Giotto se excedió en talento, Giotto realizó algo increíble, sublime, alarmante. Una capilla pequeña pero, a todas luces, imponente.
El clima no cambió en Padua. La llovizna era persistente. Ordenamos unas pizzas gigantes. Olvidamos, por demás, que el concepto de pepperoni italiano no es el mismo que en el trópico. Esperábamos embutidos ardientes y recibimos pizzas con tiras enormes de pimentón.
Visitamos también la basílica de San Antonio de Padua. La hilera de peregrinos impresiona. La tumba del santo y sus reliquias están forradas de fotografías, súplicas, arrepentimientos y gestos de gratitud.
Caminamos hasta la Universidad de Padua, la segunda universidad más antigua de Italia, de las más antiguas de Europa. Bea comentó, con honestidad, que la UCV estaba mejor, razón por la que me adelanté unos pasos y no volví a dirigirle la palabra por un tiempo prudencial. ‘Quisiera ver a la UCV en el siglo XXVI. Si conserva, entonces, el prestigio de esta institución, entonces, podría estar de acuerdo’. Fue lo único que comenté.*
Tomamos chocolate caliente, caminamos, vimos iglesias barrocas y, en horas de la noche, volvimos a Venecia. Comimos un exquisito rissotto marinera y caminamos el Lido.
Padua resultó una visita grata. Giotto hizo un gran partido.
*Bea acota: “Quise decir que la UCV era más impresionante. Esto sólo era un edificio más. Al ser consultada sobre qué quiso decir exactamente, dijo: ‘No sé qué quise decir”

miércoles, 22 de agosto de 2007

Palacio Ducal y otras caminatas


Caminamos como esclavos en venta. Recorrimos San Marcos, San Polo y las cercanías de la Plaza de Roma. Coleccionamos, en la tarde soleada y saturada de gente, instantes preciosos: La contemplación del Paraíso de Tintoretto en la Sala Central del Palacio Ducal es para respirar agua. El fresco intimida, minimiza cualquier tentativa voluntaria. Anduvimos también por la antigua prisión de Los Plomos, vecina del Palacio, desde donde el incomprendido Casanova se fugó hacia los caminos de Trento, para residir, finalmente, en Bolzano donde, pasados los años, no le quedó más remedio que enamorarse –esto según la interpretación de Sándor Marai. Imposible visitar la Basílica de San Marcos, las colas de japoneses provocaban enorme pesar.
El puente del Rialto fue otra marca indeleble, sólo lo habíamos visto, a oscuras, desde el vaporetto. Leímos su historia, indagamos en sus detalles. Supimos, por ejemplo, que Miguel Ángel Buonorotti y el Tintoretto, entre otros grandes, participaron en el concurso por la construcción del puente. Se formó, entonces, una disputa arquitectónica por el número de arcos y, como buenos genios, se pelearon y el proyecto se estancó. Finalmente, el monumento fue construido por un olvidado arquitecto llamado Da Ponte. Hasta la fecha, para mí, “Da Ponte” era sólo una tasca de Chacao en la que, desde los tiempos del Promesas Patrias, me había emborrachado gustosamente en compañía de personas que, en su mayoría, olvidé. La zona llamada San Polo también nos cautivó. Tintoretto siguió dictando cátedra. El edificio llamado Scuola Grande di San Rocco es una muestra significativa de sus dotes. Algo hace, sin embargo,
- su coloración, sus tonos oscuros, su manierismo fletado, que, desde mis primeros tropiezos con los pintores venecianos en los libros de Cándido Millán, tenga preferencia por Tiziano. Cuenta Goethe en su Viaje a Italia cómo la Asunción de la virgen en Santa María del Frei inspiró en él una especie de ‘tripeo’ sublime. Igualmente, a mi pesar – luego me regañaron, dejé a Bea sola y me senté a disfrutar en esa iglesia, por minutos, de la magnificencia del Tiziano: el peso de las nubes en los hombros de los niños que levantan a la virgen es un detalle que, profundamente, me provocó gran mortificación. Luego, caminamos.
La gran noticia del día fue que Bea pudo recuperar su maleta. Tuvimos que volver al aeropuerto Marco Polo. Allí, luego de que un bondadoso agente de seguridad nos permitiera la entrada – la oficina de reclamos estaba cerrada, recuperamos la misteriosa valija. Tres días después, Bea pudo volver a usar su desodorante. Como dato gracioso puedo referir que, la primera tarde en el Lido, compró un desodorante de spray que, al usarlo, salió disparado a su rostro y le irritó los ojos. Hasta este momento, cuando son las dos de la mañana en Venecia del jueves 23 de agosto ha tenido la vista roja.
Y mañana (dentro de unas horas) a Padua.
Saludos.
Cuando tenga tiempo habrá más COMIDA CHINA.

Las cuatro estaciones


Mal tiempo. Lluvia helada, de brisa culpable. La Serenísima, según, desapareció luego de una cuestionada negociación entre Napoleón y la corona Austro-Húngara. Corría el año 1797, aproximadamente. Ugo Foscolo, con pesar, lamenta ese momento en sus Últimas cartas de Jacopo Ortis. Recordaba estas referencias ayer en el Ateneo de San Basso cuando, luego de recorrer la ciudad bajo una tormenta estival, entramos a disfrutar de un concierto de cámara en el que se interpretaban las estaciones de Antonio Vivaldi.
El ateneo de San Basso era una antigua basílica, arquitectura clásica, maciza. Una cita latina informaba que la bóveda, antiguamente, formaba parte del conjunto religioso que integraba el gran templo de San Marcos. En tiempos de la intervención napoleónica el edificio se vendió. La Primavera, luego de un par de piezas introductorias, hizo su entrada con natural prepotencia. El primer violín fue excelente: Un rubio alto, altivo, seguro y virtuoso. Las cuatro estaciones integran una serie de eventos musicales que, este año –por razones que desconozco, celebran un homenaje a Vivaldi. La interpretación es excelente ¿Qué pudo estar sintiendo, padeciendo o sufriendo un individuo para escribir algo cómo eso? La fuerza del Verano, la resignación otoñal y la tristeza de invierno son escrituras que dignifican a esta humanidad que, en ocasiones, desprecio. Disfrutamos el concierto. Afuera explotaba el cielo y nubes invisibles escupían llovizna. Sensaciones múltiples acompañaron los arreglos de cuerda. Hace más de dos meses que había comprado las entradas por Internet. Fue una buena noche.
Encontramos, cerca de la plaza de San Marcos, una pizzería de precios razonables. Nuestro italiano, aún, deja mucho qué desear. Anduvimos por callejones preciosos, sin bullicio. La tormenta y la noche alejaron a los turistas. A la distancia, luego de cruzar un canal picado de marea, apareció el famoso puente de los suspiros. Imaginé a Casanova, asumiendo la derrota, cruzar esa estructura en tiempos imposibles, en episodios para los que sólo la imaginación, a duras penas, logra acceder.
Le he dicho a Bea que escriba algo pero, en su permanente cruzada contra sí misma, se ha mantenido al margen. En una hora y media, aproximadamente, visitaremos el Palacio Ducal. Tintoretto, Tiziano y otros ‘mochos’ serán los encargados de vapulear, en esta ocasión, la tolerancia de nuestra sensibilidad. Es tarde, debemos bajar a desayunar. El invierno de Vivaldi, a pesar de que el día es radiante, suena, en arreglos de cuerda, en un I-pod invisible.
Cuándo haya tiempo continuará la COMIDA CHINA.
Mi maleta, por cierto, apareció. Bea aún espera por su ropa.

martes, 21 de agosto de 2007

Al fin...

Llegamos a Venecia a la medianoche. Nuestras maletas están desaparecidas. Perdimos el barco que nos llevaría al Lido. Tomamos un autobús a Plaza de Roma. Allí, el vaporetto. Luego, con frío madrugador y marinero, atravesamos el Gran Canal. Valió la pena el periplo portugués, entrar a esta ciudad de madrugada, en silencio, ha sido una experiencia privilegiada. Goethe y compañía tenían razón. Esto es grande.

Periplo portugués (20/08) por Eduardo


El tiempo, como concepto, colapsó. No recuerdo cuándo dormí por última vez. Escribo este registro mientras Bea recorre, en íntimo coqueteo con la narcolepsia, el mínimo aeropuerto de Lisboa. Estamos varados en Portugal. Hace más de dos horas que debíamos estar en Venecia. Hace más de dos horas que, siguiendo el ejemplo de Sergio Pitol en el Arte de la fuga, debía quitarme los lentes en el vaporetto que nos llevaría a través del gran canal para, de esa manera, asistir al espectáculo colorista que representa una Venecia miope. Venecia, siendo consecuente con Goethe, aún sigue siendo una palabra, algo de lo que hemos oído escuchar. Venecia, para nosotros, todavía no existe.
Perdimos el vuelo directo que, a las 8:00 de la mañana, debíamos abordar en este portugódromo. La opción que consiguió la aerolínea, luego de hora y media de cola ante un taburete de reclamos, fue enviarnos a la Serenissima República a través de Roma. Volaríamos, según, a la capital italiana a las 2:00 de la tarde, allí debíamos esperar hasta las ocho y treinta de la noche cuando, finalmente, habríamos de tomar la última conexión. Esta opción, sin embargo, tiene mínimas posibilidades de realizarse. El vuelo a Roma, repentinamente, sufrió un nuevo retraso de dos horas. Este retardo implica la casi simultaneidad de las nociones de salida y llegada. Es poco probable que estos portugueses, verdaderamente, arranquen ese avión a las cuatro. Es poco probable que logremos aterrizar a tiempo en el aeropuerto romano y, más aún, correr, cual Macauleys Culkin tropicales, a través de los pasillos de una Terminal desconocida para ubicar la puerta de embarque que nos lleve a eso que los hombres de letras y algunos cineastas llaman Venecia.
El viaje ha sido una pesadilla. Para Beatriz un sueño. Durmió el 90% del vuelo desde Caracas. Yo, por supuesto, no he logrado pegar un ojo. En el avión pensé estupideces –las habituales, reflexioné sobre la impresionante serie de eventos, afortunados y desafortunados, que se han sucedido en los últimos meses.
Salir de Caracas fue una experiencia despreciable. Deseo con fervor, y admitiendo, incluso, una severa sentencia divina, que el grupo de seres humanos que integra ese circo denominado Guardia Nacional, sea, en su totalidad, rociado en gasolina para luego prenderles fuego con un yesquero Fortuna. En mi fantasía, tras minutos de agonía y sufrimiento real, jugaría con sus esperanzas bañándolos con tobos de agua helada. Posteriormente, con la piel colgando y el ardor desplazando todo tipo de pensamiento, les mostraría un espejo para que tratasen de hallar aquello que alguna vez fue un rostro. Finalmente, para saciar del todo mi desprecio, les lanzaría cucharadas, bien colmadas, de sal. Asumo, entonces, que el desprecio por el estamento militar venezolano, y por ese cuerpo en particular, estaría medianamente saciado. Nos hicieron abrir las maletas con argumentos baldíos, nos interrogaron de manera grosera, ante nosotros – y sin motivo alguno, humillaron a una muchacha de rasgos altiplanos cuya único gesto descriptible era el cansancio. El vuelo, por demás, se retrasó más de tres horas. Encontré en Maiquetía, por azar, a dos estudiantes del colegio que volaban a Madrid por Air Europa y, durante 20 minutos, nos mantuvimos entretenidos comentando sandeces. (Eduardo Balza y Alejandro González de la 81)
Un rasgo interesante de nuestra travesía fue la pintoresca compañía de una prostituta de oficio. Esto no es un eufemismo. Siguiendo el referente de la pésima película de Fernando León de Aranoa la bauticé “princesa”. Su indumentaria, sus modos, su perfume, su acento andaluz fingido, sus tacones, todo su ser proyectaba la imagen de una Madame Bovary venida a menos, de una dama de las camelias ecuatoriana, de una Anie Hall inculta, comentando, con intensidad, la profundidad de una pieza montada en el Teatro Chacaito protagonizada por Elluz Peraza. Estuvo tras nosotros toda la cola del retraso en Lisboa. Incautos y galanes de supermercados Victoria reían sus chistes y celebraban su vulgaridad. Hablaba con escándalo. Ostentaba, por demás, su pasaporte venezolano. Pensar que, en un contexto electoral, el voto de esa persona valdría lo mismo que el de Bea o el mío me hizo cuestionar, a fondo, los beneficios de la democracia.
En fin, seguimos varados en Lisboa. El aeropuerto es demasiado portugués. Los portugueses tienen una estética particular. Nos causó gracia que los inventores del cachito y el pastelito de queso sólo nos ofrecieran, saldando los retrasos y los conflictos con la aerolínea, un intrascendente sándwich de queso amarillo o, en su defecto, un embutido que llaman fiambre. Llamar fiambre, más allá de las peculiaridades de la lengua, al jamón, salchichón, lomo o cualquier otra delicia-pasapalo, lo considero un crimen de lesa gastronomía, un insulto al paladar y al oído, una ofensa al apetito.
Son las 3:15, se supone que, en una hora, deberíamos estar en el avión. Lo pongo en duda. Tere (mi madre), siempre me ha criticado esta costumbre de, en los avatares de la cotidianidad, esperar lo peor. No puedo evitarlo…
El año pasado, sin problemas, junto al gran Gallego, volé con estos portugueses a Munich. No hubo ningún problema. El retraso a Alemania fue mínimo. Esta peripecia, por el contrario, que en esencia describiría el inicio de una luna de miel se ha convertido en un sol quemante de Kindy (aquel despreciable concentrado de limón que desconozco si ha sobrevivido a la escases alimentaria). No he dormido nada. Venecia aún queda lejos. No sé si Byron, Goethe y Stendhal exageraron al describirla. Beatriz camina sobre sus propios pasos para no dormirse.
En el vuelo, antes de dormirse, expliqué, brevemente, nuestro recorrido a Bea. Será un mes y una semana de interés, pasión y largas caminatas: Venecia – Milán – Florencia – Nápoles – Sicilia (Taormina-Palermo) – Roma.
Si alguna vez llegamos a Venecia continuarán las crónicas de esta COMIDA CHINA.