jueves, 30 de agosto de 2007

LAGO DI COMO



Llegamos al lago con llovizna. Un azul curioso, casi imposible, brotaba del plato. El tren, desde Milán, tardó 45 minutos. Caminamos, quemados de brisa marina, por el borde occidental a la laguna. Los pueblos de alrededor amenazaban con nociones inéditas de belleza. Decidimos, aún sin lograr hallar una palabra que pudiese asir el color del agua, tomar un barco hasta la localidad de Bellagio considerada, entre las aldeas de la zona, la perla de Como.
Entusiastas e ingenuos, como copias risibles y ‘pangolas’ de Di Caprio y Winslet nos sentamos en la parte delantera de la barca. Cinco minutos más tarde la brutalidad del frío nos hizo correr hasta el interior. Propuse subir a la segunda planta para tener noticia del paisaje y, nuevamente, el frío, inclemente, nos expulsó. El lago es, sin otra palabra pulcra que logre aprehenderlo, hermoso. Lo rodean una serie de pueblos que parecen de mentira. Leímos, en alguna parte, que George Lucas rodó una de las escenas del Episodio I en estos parajes.
Bellagio, un sitio pequeño y precioso, nos cautivó. Pudimos ver en el mapa que Lugano se encontraba en la costa de enfrente. De habernos levantado más temprano, quién sabe, hubiésemos podido, aunque sea por unos minutos, aventurarnos al sur de Suiza.
Bea, en el bote de regreso a Como, dio con la definición más apropiada y justa que encontramos en relación al color del agua: “Hay un tono de Berol Prismacolor que se le parece. Está entre el gris, el azul y el verde. No recuerdo como se llama.” Yo acoté entonces: “Es cierto. No es ‘petroleo’, ni ‘celeste’… Tiene un nombre propio, no un nombre complementario. Es un color auténtico, de esos tipo terracota o aguamarina.” Nunca dimos con el tono exacto.

1 comentario:

Inirida Gomez-Castro dijo...

tengo una foto de algunos berol... pero no sé cómo montarla. mi curiosidad no tiene límites!!!