viernes, 7 de septiembre de 2007

FLORENCIA. Impresiones II


Entramos a Florencia por la Hoyada” fue mi comentario al llegar, con clima benigno, a la estación de trenes Santa María Novella. Caminar hasta el hotel fue una pesadilla. Las calles, mal empedradas y sucias, inutilizaban, entre otras cosas, las ‘rueditas’ de las maletas. Mendigos, tullidos y ejércitos de japoneses impedían el avance. Ese día Florencia, particularmente, me aturdió. El Hotel: normal, suficiente. Volvimos a la calle. El aire, enrarecido por acentos promiscuos, se respiraba con dificultad. El hambre, victimaria insensible de los días de viaje, nos hizo caer en una trattoria atendida por dominicanos –sólo a nosotros se nos ocurre. Por supuesto, comimos mal. Al salir, salpicados de bulla y tufos variables, tuvimos que atravesar un horrible mercado de buhoneros. Conejero, El Cementerio, Guaicaipuro o cualquier otro referente popular no resulta tan sórdido e intransitable como esta Hoyada toscana. África Central y América Latina tienen inmensas colonias de comerciantes informales en Florencia. Me sentí, en ocasiones, en las afueras de la UCV. El tráfico, por su parte, también asomaba escenarios criollos: Horas pico permanentes, ambulancias, carabinieris armados hasta los dientes. Ni los vulgares comentarios de la Lonely, ni Internet, ni Guicciardini, describieron este lugar. Bea, quien brevemente visitó Florencia hará unos ocho o nueve años, tampoco recordaba esta apología del escándalo.
Las impresiones iniciales, cubiertas de negación y sombra, amenazaban con hacerse más sórdidas. De repente, tras un cruce insignificante, el Duomo. Allí, por fortuna, de manera violenta, Brunelleschi nos gritó y con su rebeldía, mostró una de las más grandes maravillas arquitectónicas que, hasta nuestros días, haya podido realizarse. Bea insistía: “Florencia es rara”. “Habrá que descubrirla” concluí. La cúpula del Duomo opaca, por completo, cualquier nota negativa sobre esta ciudad.