jueves, 20 de septiembre de 2007

“Sánchez, con la Ley hemos topado” por Bea

Tras un día de playa en Ischia, decidimos ir a Pompeya. Preguntamos en el hotel cuál era el autobús que debíamos tomar para llegar a la estación de tren. El R2 era el número por el que debíamos esperar en una plaza cercana. Con nuestras pintas de turistas (shorts y cámara en mano) nos dirigimos a la parada de autobús. Al llegar pudimos observar en la pantalla que en 14 minutos llegaría nuestro transporte. Compramos los tickets y esperamos. La verdad es que pasaron como 30 minutos. La gente seguía llegando y veían pasar los demás autobuses con cierto desconsuelo ante el retraso del esperadísimo R2. Recuerdo un tumulto de gente cuando subimos al R2: viejos, gordos sudorosos con los peores tufos del mundo, señoras con la compra y algunos otros turistas peleábamos por lograr el espacio necesario para poder completar la ruta (aunque fuera a pie). De repente sentí que algo rozaba mi pierna, volteo y no veo a Eduardo, de nuevo siento que algo caliente y sudoroso presiona mi espalda: la inmensa barriga de un viejo napolitano se recostaba sobre mí. Volteo de nuevo tratando de atrapar la mirada de Eduardo, le digo que los viejos me están manoseando, no me entiende. Siento que me falta el aire, no puedo respirar; un negro enorme apoya todo su brazo sobre mi brazo izquierdo y con su mano roza, al igual que la barriga del gordo napolitano, mi pierna. Creo que me voy a desmayar. Por el lado derecho, otro viejo –este no tan gordo- toca mi pierna. Estoy fúrica, estos viejos babosos merecen lo peor. Me volteo, le hago señas a Ed de que no aguanto más, que no tengo aire, el calor me está ahogando y, además, estos tocones me están sacando de quicio. No sé si fue por mi desesperación o por mi cara, que Eduardo logró entender mi situación. Logramos, como si estuviéramos haciendo el ochentoso paso merenguero de “el ocho”, que yo quedara del otro lado del pasillo un poco más vacío y donde realmente circulaba algo de aire. Ya nadie tocaba mis piernas, ni mi espalda. Pude tener una mejor visual del autobús y me desesperé mucho más que mientras los viejos napolitanos se apoyaban en mí: No quedaba un solo hueco vacío en todo el transporte. Todos sudaban, tenían caras de sufrimiento. En una parada una vieja italiana le gritó al conductor: “Non abrire. Non abrire la porta”. Mientras tanto la gente que esperaba al autobús en la calle, golpeaba la puerta exigiendo que la abrieran para ellos poder subir. La doña tenía razón, no cabía un alma más en este R2. En la siguiente estación el conductor tampoco abrió las puertas, algunos –furiosos- exigían que abriera para ellos poder descender. Todo esto sumado al caos de las calles sicilianas y a los cierres de vías por la construcción del Metropolitano, recreaba la peor de las experiencias que alguien ha podido tener. Recordé que no habíamos “convalidado” nuestros tickets (esto es: introducir los tickets en una maquinita que marca el día y la hora en la que uno está “disfrutando” del servicio de transporte; quien no convalida su ticket y es descubierto por la policía debe pagar una multa). Le dije a Eduardo que en cuanto el autobús se vaciara un poco convalidara nuestros tickets. De repente un caudal de gente abandonó el autobús, le dije a Ed que aprovechara ese momento para convalidar los benditos tickets (él mucho después confesó no haber escuchado mi recomendación). En eso se abrió la puerta que está al lado del chofer y subieron tres, no uno ni dos, sino tres inspectores y comenzaron a pedir los tickets.

Una pareja de italianos que estaba antes que nosotros no tenía tickets (los multaron). Un inspector se acerca hasta nosotros y nos pide nuestros boletos. Eduardo, mientras los busca en su billetera intenta con su español con cantadito italiano (Ed cree que si habla español con un tumbao italiano ya está hablando italiano), explicarle al inspector que no pudimos “convalidare”. El chuletón del inspector nos pone cara de asco, dice que ese no es su problema, le pide a Eduardo su identificación, yo le grito a Eduardo que no entregue su cédula, Eduardo le entrega al chuletón su cédula y el chuletón continúa su travesía por el transporte. Un poco más atrás que nosotros está una japonesita que, al igual que nosotros, había comprado su boleto pero por la multitud no pudo “convalidare”. El mismo chuletón le dijo a la japonesita que debía pagar una multa de 34 euros por no haber convalidado el ticket. La pobre trata de explicarle en inglés lo que había pasado, cuál era el verdadero motivo por el que no había introducido el ticket en la dichosa máquina. En eso me volteo y Eduardo me dice que le diga a la japonesita que no pague la multa. Giro la vista y, según Eduardo en el inglés más fluido y seguro que me ha escuchado jamás hablar, le grito a la japonesita: “Don’t pay. Isn’t fair. This is not our fault. Don’t pay!”. Bajo la mirada y observo un billete de 50 euros en la mano del inspector. Recuerdo que la japonesita me contestó: “Me han robado. Esto es injusto, yo compré mi ticket”. La furia que había logrado calmar, después de haber sido manoseada por los inmundos viejos gordos, comenzó a aumentar intempestivamente. El inspector volvió hacia nosotros y nos dijo que debíamos pagar 34 euros cada uno. Mi grito creo que se escuchó en toda Nápoles. Le dije: “No vamos a pagar nada. No fue nuestra culpa”. Mientras Eduardo argüía: “Somos turistas”…
Los tres inspectores chuletones nos obligaron a bajar del autobús, yo miraba a la gente suplicándoles que explicaran en su perfecto italiano que el autobús había estado tan lleno que fue imposible convalidar el ticket. Recuerdo la mirada de un viejito con la que me decía: “Tienes razón, pero qué le vamos a hacer”. Me sentí miserable. Al bajar del autobús le grité al chofer y le exigí que les dijera que teníamos razón, que el transporte se llenó tanto que se nos hacía imposible desplazarnos hasta la máquina “convalidadora”. El imbécil del chofer volteó hacia otro lado. Lo odié, juro que todavía lo desprecio. Ya en la calle uno de los chuletones le cobraba la multa a la joven pareja de italianos que no había comprado boleto. El otro chuletón parecía tener ganas de fumar un cigarro y no hacía nada, mientras el chuletón más chuletón de todos inisitía en cobrarnos la multa. Yo le explicaba, le decía que habíamos comprado los boletos, que “multa gente” se había subido al autobús y que no nos pudimos mover hasta que ellos se subieron, que fue el momento en el que se vació el autobús. El viejo imbécil me ponía cara de desprecio y me decía que no le importaba, que debíamos “imprimire”, o algo así, el ticket, que si no lo “imprimire” teníamos que pagar la multa. Yo le gritaba que no íbamos a pagar eso porque era injusto. Mientras tanto, Eduardo trataba de hablar con el otro viejo chuletón. Eduardo decía algo así como (pónganle el acento cantadito italiano): “Somos turistas. Venire a conocer el Vesubio, la Pompeya… Nosotros non venire a robare, venire a conocere. Nosotros comprare el pasaje…” El señor puso cara de abuelito y le dijo que entendía, pero que ya había multado a otra gente y no podía hacerse el loco. Fue entonces cuando el viejo idota que peleaba conmigo le dijo a Eduardo que la japonesita había pagado su multa y Eduardo le contestó (de nuevo con el acento cantadito italiano): “La japonesa tenere dinero, nosotros no tenere dinero”. Yo quería matar a Eduardo porque ese no era el punto (a parte de que la cantidad que pretendían que pagáramos nos daba para pagar el tren a Pompeya –ida y vuelta- y una abundante cena en la exquisita Trattoria Medina). Fue entonces cuando intentamos explicarle al inspector con momentáneas caritas de abuelo que nosotros sí habíamos comprado el ticket. Yo le hablaba y le contaba todo. No sé si fue por mi cara de indignación que el abuelito me pidió que se lo contara todo pero “piú piano”. Comencé a narrarle toda la travesía. Le contamos que una señora le gritaba al chofer: “Non abrire la porta”, porque no cabía más gente. Eduardo le nombró una estación en la que el chofer no se paró. El abuelito parecía entender. Nos pidió los tickets. Le dije a Eduardo que se los enseñara. Sentí que ya se había resuelto el “mal entendido”. Eduardo dice que no tiene los tickets, que el chuletón mayor se los había quitado junto con la cédula. Se los pedimos al chuletón. Es en este momento en el que mi furia se dispara, justo cuando el inspector chuletón nos dice que nosotros no habíamos comprado ningún ticket, que no se los habíamos mostrado y que mucho menos él los tenía. Se me volaron todos los tapones (como luego me dijo Eduardo), miré al imbécil inspector y le grité: “No. No. No. Tú no me vas a robar a mí. Yo vengo de un país donde hay más ladrones que tú. Devuélvenos los tickets!!!!!”. El descarado del inspector se revisaba los bolsillos y decía que no tenía nada. El inspector con cara de abuelito le pidió los tickets y el chuletón mayor le respondió que no sabía qué los había hecho, pero que igual nosotros no los habíamos “convalidado”. Le volví a gritar, le dije que no fuera descarado, que aceptara que nos había quitado los tickets, que reconociera que sí los habíamos mostrado. Fue entonces cuando nos asomó la posibilidad de llevarnos a la policía. Eduardo respondió: “Llévennos a la policía, porque real no tenemos”. Yo no sé si es porque los tipos no estaban vestidos de PM, pero continué reclamando de la peor manera, lo reconozco. Le volví a explicar que no pudimos convalidar porque estaba lleno el transporte. Con voz burlesca el idiota del chuletón me dijo que había tres máquinas a lo largo del autobús que esa no era excusa. Le dije que mentía. En el medio de este autobús no había máquina. No sé qué fue lo que pasó, pero de repente el inspector con cara de abuelito y de estar obstinado nos dijo que nos fuéramos, que lo dejáramos así, y le pidió al inspector chuletón que le entregara a Eduardo la cédula. Nos fuimos a la estación. Yo seguía indignada, le dije a Eduardo que nunca más entregara su documentación (que él consideró en algún momento dejársela a los inspectores). Comentamos indignados todo el evento. Yo caminaba contenta porque habíamos logrado no pagar la multa y recordaba fúrica el hecho de que el chuletón nos quisiera robar mintiendo sobre nuestros tickets y diciendo que él no los tenía.
Ya en la estación, cuando estábamos comprando los pasajes para ir a Pompeya, Eduardo me llama y me dice: “Bea los tickets del autobús los tenía yo”. El muy Rupe, había vuelto a guardar los tickets sin convalidar dentro de su cartera luego de que el chuletón del inspector se los pidiera, pero entre el alboroto de la discusión Ed no recordaba que el inspector se los había devuelto y juraba que el tipo nos estaba chuleando al mejor estilo de la PM.

4 comentarios:

Begoña dijo...

Me hubiera encantado poder verlos discutiendo con los italianos,a Eduardo parlando el italiano a su estilo y a Bea furiosa y sin entender ningún tipo de racioanmiento.
Bea y la próxima vez a coñazos con los babosos.
Bego.

Anónimo dijo...

No saben qué buena digestión estoy haciendo. Me río tanto que todos me miran raro....FORZA!!!!! CHICOS....UDS PUEDEN CONTRA ESOS ITALIANUCHOS!!!! Por lo menos tuvieron buena escuela!!! jejejejeje
Besos. Andre

Hugo dijo...

Así, así, así es que se reclama! A los come-ñoquis hay que tratarlos a grito pelao y no dejarlos pensar mucho. Un abrazo bolivariano y sigan escribiendo,

Anónimo dijo...

buena vaina... eso de Eduardo parando un peo tenia q verlo, en 26 años que tengo nunca lo he visto en eso, debe ser comiquiiiisimo.... JAJJAJAJJA. Bea, Gracias por estos 5 minutos de risa.
Saludos

felix